Liberalismo, social-liberalismo y socialdemocracia
Liberalismo, social-liberalismo y socialdemocracia
Del triunfo liberal al colapso económico
Las elecciones municipales del pasado 22 de mayo unidas al movimiento de “los indignados” han supuesto un grave revés para el proyecto político socialdemócrata en España y por extensión para Europa. A fecha de hoy, septiembre de 2011, la práctica totalidad de los gobiernos europeos son de derechas. El gobierno socialista más importante en Europa es el español y los resultados electorales y las encuestas ponen de manifiesto que se encuentra en situación de interinidad.
¿Cómo es posible que tres años después del comienzo de la crisis económica liberal, los gobiernos europeos sean de derechas y muchos de ellos liberales? ¿Cómo es posible que la ideología económica que ha arrastrado al mundo desarrollado a la peor crisis conocida desde los años treinta del pasado siglo sea la que tenga la confianza de los ciudadanos? ¿Qué ha hecho tan mal la izquierda para que los ciudadanos no confíen en ella y no acudan a votar o voten masivamente a la derecha? Responder a estas preguntas probablemente ocupe años a historiadores, sociólogos y politólogos, de ahí nuestra renuncia, desde ya, a adentrarnos científicamente en dicha cuestión. Ahora bien, dicha renuncia no frena la necesidad que tenemos los progresistas de buscar una respuesta aunque sea intuitiva a esta situación política paradójica. A ello dedicaremos la parte que sigue de nuestra reflexión.
El programa político liberal que ha desembocado en la actual crisis económica fue descrito a finales de los ochenta con el título de consenso de Washington. John Williamson, del Peterson Institute for International Economics, elaboró su primera formulación en noviembre de 1989 en un texto que según él resumía las principales recomendaciones de los organismos económicos con sede en Washington (FMI, Banco Mundial, Administración norteamericana, Reserva Federal…) para los países latinoamericanos1.
El texto estaba organizado, como buen programa político, en forma de decálogo y en él se entremezclaba en forma aparentemente científica el análisis económico con los principios ideológicos, dando lugar a las siguientes recomendaciones:
•Equilibrio presupuestario: Todo déficit público es negativo para la economía.
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•Control del gasto: Para eliminar el déficit es preferible reducir el gasto, en especial transferencias y subsidios, que aumentar impuestos.
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•Reforma impositiva: Los impuestos deben ser de base amplia y deben disminuirse los tipos marginales.
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•Privatización: Hay que privatizar la empresas públicas, ya que la gestión privada es más eficiente que la pública puesto que tiene tras de sí la amenaza de la quiebra.
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•Desregulación: La regulación de la producción crea incertidumbre y produce oportunidades de corrupción. La desregulación favorece la competencia.
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•Liberalización de los tipos de interés: los tipos de interés deben ser fijados por los mercados y no por los bancos centrales.
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•Liberalización de los tipos de cambio: el tipo de cambio debe ser fijado por los mercados.
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•Liberalización del comercio internacional: hay que liberalizar las importaciones con independencia de su incidencia a corto plazo en la industria nacional.
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•Liberalización de inversiones extranjeras directas: la inversión directa productiva debe ser libre.
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•Derechos de propiedad: Hay que garantizar los derechos de propiedad.
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Evidentemente el autor, un liberal radical, se excedió al definir ese consenso, como más tarde reconocería el mismo, y por supuesto no advirtió que durante la década de los 80 los gobiernos liberales radicales de Reagan y Thatcher habían ido nombrando economistas liberales para gestionar dichas instituciones. Era, por tanto, muy fácil que esas instituciones estuviesen de acuerdo en sus planteamientos, pero desde luego ni representaban ni jamás han representado un consenso entre los economistas.
El programa económico del consenso de Washington se fue complementando con nuevos principios como: la liberalización de los movimientos de capitales, la reducción de la imposición sobre la ahorro y las rentas altas, etc. y terminó constituyéndose en una recomendación general de política económica para cualquier país y cualquier momento.
A partir de 1990 el consenso de Washington se constituyó en proyecto político de la ideología liberal para la economía mundial. Los gobiernos de Reagan y Thatcher habían sido sus precursores y ahora el liberalismo contaba con una doctrina basada en 10 mandamientos simples y fácilmente transmisibles. La firma masiva del Acuerdo de Basilea I, redactado en 1988, y la creación de la Organización Mundial del Comercio en 1995 fueron hitos del programa político liberal y sentaron la base de un proyecto mundial de liberalización de los mercados construido sobre un único fundamento teórico: la teoría de los mercados eficientes.
Para los liberales la prueba de la eficiencia de los mercados se encontraba en el comportamiento de los mercados financieros. Transparencia, información casi perfecta, ajuste instantáneo de precios y cantidades…, todo un prodigio de la economía: el mercado en estado puro. Un mercado sin ningún tipo de impuestos que afectase a los intercambios (las transacciones financieras no están sujetas a impuestos indirectos tipo IVA o Transmisiones Patrimoniales y Actos Jurídicos Documentados), con regulaciones establecidas por organismos “independientes”, no por políticos (en España la Comisión Nacional del Mercado de Valores y el Banco de España) y con libertad de movimiento absoluta (ni tan siquiera se impiden las relaciones financieras con paraísos fiscales).
Pues bien, ese mercado, que se había convertido en el paradigma del programa liberal y que el Fondo Monetario Internacional promovía como ejemplo económico (en época en la que Rodrigo Rato era su director), ese mercado de los bonus, de las agencias de calificación, de los fondos privados de pensiones; ese mercado que tutelaba el gurú Alan Greenspan (presidente casi eterno de la Reserva Federal) fue precisamente el que creó la burbuja cuyo estallido colapsó la economía mundial a finales de 2008, produciendo la mayor recesión económica en los países desarrollados desde la década de los treinta. Con ello quedó demostrado que el mercado financiero no intervenido, paradigma del programa económico liberal, era una quimera probablemente tan grande como el comunismo. Una quimera que dejaba como herencia una crisis económica de dimensiones descomunales, que demostraba lo dañino que podía ser para la economía y las sociedades desarrolladas.
Es más, para escarnio de la soberbia liberal, un reciente trabajo de Reinhard y Rogoff2, a quienes no se puede acusar precisamente de socialdemócratas, analizando las crisis financieras de los últimos 800 años ha puesto de manifiesto que entre 1940 y 1980, precisamente la época en la que los mercados financieros estuvieron altamente intervenidos (tipos de cambio fijos, movimientos de capitales regulados, legislación bancaria estricta, …) no se produjo en el mundo ninguna crisis financiera y que ha sido la puesta en práctica de la desregulación la que ha llevado a una crisis económica de tamaño cercano a la de 1930, cuando también los mercados financieros campaban a sus anchas.
Si esto es tal como lo contamos, lo cual creemos, y el mercado financiero libre, paradigma de liberalismo político, genera crisis como la que estamos viviendo y, sin embargo, cuando está estrictamente regulado, como ha promovido tradicionalmente la socialdemocracia, no produce crisis financieras ¿qué ideología es la errónea, la socialdemócrata, que defiende la intervención de los mercados para garantizar un adecuado funcionamiento, o la liberal, que defiende dejarlos a su libre albedrío?
La crisis ideológica socialdemócrata
Para nosotros la respuesta a esta última pregunta es evidente: el error es del liberalismo. La crisis financiera ha dado lugar a que la última falla ideológica conocida se haya producido en el ámbito de la derecha y no en el de la izquierda. Ahora bien si esto es así, ¿por qué los penalizados son los partidos de izquierdas?
La respuesta a esta pregunta requiere remontarse más atrás. Son muchos los politólogos de derechas que consideran la caída de la Unión Soviética como un punto de inflexión donde comienza el desarme ideológico global de la izquierda. Esta percepción que podríamos considerar acertada para la ideología comunista, carece de lógica para la ideología socialdemócrata. De hecho, para la socialdemocracia el problema surge no con la caída del comunismo sino previamente con la crisis del keynesianismo.
La New Deal (avanzadilla norteamericana del Estado del Bienestar) más Bretton Woods permitieron un sistema en el que la ideología socialdemócrata tenía cabida e incluso se sentía cómoda. Sistemas públicos de seguridad social, provisión pública de sanidad, educación y vivienda, concertación social, políticas fiscales y monetarias activas, etc. Con el sistema keynesiano el papel del Estado en la economía de mercado no se ponía en cuestión y, por tanto, los gobiernos socialdemócratas tenían plena capacidad para aplicar políticas públicas de todo tipo.
La ruptura del sistema de tipos de cambio fijos, a comienzos de los 70 del siglo pasado, y sobre todo los shocks del petróleo de esa misma década abrieron una brecha en el keynesianismo. La incapacidad teórica de reacción frente a la crisis hizo que los economistas de ideología liberal cercaran a la otrora teoría económica ortodoxa y fueran resucitando uno a uno los dogmas liberales. Primero fue la ineficacia de las políticas fiscales para salir de las recesiones y la consideración de la inflación como un fenómeno monetario, más tarde la ineficiencia del sector público, a continuación el principio de que menos impuestos produce más crecimiento, más adelante la eliminación de las barreras arancelarias y la libre movilidad de los capitales y así sucesivamente hasta llegar al gran tótem de la teoría económica liberal: el principio de funcionamiento eficiente de los mercados. Toda una teoría económica, políticamente expresada en el consenso de Washington citado más arriba, armada pieza a pieza para superponer en cualquier caso el mercado eficiente sobre el Estado ineficiente y con ello limar las posibilidades efectivas de la actividad del gobierno.
Ello desembocó en una situación totalmente distinta para la ideología socialdemócrata, pasando de la situación de comodidad dentro del sistema a tener que defender todos los días la propia supervivencia de la ideología y de su consecuencia inmediata, el Estado del Bienestar.
Si tuviéramos que fijar un punto de inflexión en el que la socialdemocracia pasó de la comodidad a la lucha por la supervivencia ese punto es allá por 1984, con la caída del Gobierno francés de Pierre Mauroy, tras el fracaso de su política fiscal expansiva y de nacionalizaciones. Dicho fracaso fue tan palpable que ningún gobierno progresista posterior se atrevió a aplicar una política de ese tipo. Treinta años más tarde la explicación de aquel fracaso es bien sencilla, la estanflación, paro más inflación, no era un problema de demanda sino de oferta; por tanto, expansionar la demanda al estilo keynesiano (recordemos que la teoría keynesiana se desarrolla en entornos de estabilidad de precios o deflación) era un error que lo único que hacía era producir más inflación. En Francia aplicaron la misma política a un problema económico distinto, como está ocurriendo en la actualidad en Europa, y como resultado los socialistas franceses fracasaron estrepitosamente. El fracaso del Gobierno de Mauroy, bajo mandato de Mitterrand, se produjo mientras, en Estados Unidos y Gran Bretaña, Reagan y Thatcher se habían lanzado en el sentido opuesto consiguiendo los primeros éxitos en materia de control de inflación.
Es decir, a comienzos de los ochenta se produjo una especie de duelo de políticas económicas y la izquierda perdió el duelo. A partir de ahí comenzaron nuestras dificultades que se fueron acrecentando con el paso del tiempo, a medida que el liberalismo cercaba ideológicamente a la izquierda. Este cerco fue estructurado filosóficamente en la idea del pensamiento único expuesta por Fukuyama en 1992 en su libro The End of History and the Last Man3, donde definió como única opción política viable la del liberalismo democrático, dado que las ideologías alternativas (evidentemente la socialdemocracia e incluso la democracia cristiana) habían quedado inhabilitadas por la economía.
Los liberales aprovecharon el fracaso económico y político de la izquierda para expansionar su programa político, contando cada vez con más apoyo social. Su éxito fue tal que, además de conseguir el giro radical francés, llevaron a la socialdemocracia europea a un proceso de refundación de tipo reformista que se ha venido denominando social-liberalismo. Esta vía fue la utilizada por Blair o Schröder para alcanzar el poder y fue la que llevó al Gobierno de Felipe González a girar hacia una versión social-liberal de la política (recordemos las desgraciadamente célebres frases de Solchaga: “la mejor política industrial es la que no existe “y “España es el país donde es más fácil hacer dinero”). Al otro lado del Atlántico esta perspectiva tomó cuerpo en forma de conformismo demócrata, permitiendo a Clinton gobernar durante dos mandatos bajo la supervisión económica del todopoderoso Alan Greenspan y aplicando la liberalización definitiva del sector financiero.
En los años noventa la impronta liberal en la sociedad era de tal calibre que la izquierda sólo podía estar en el poder si a cambio se limitaba a ser ejecutora de la versión frenada del liberalismo. Es más, ni tan siquiera pudo sobrevivir la ideología demócratacristiana, que fue relegada a un papel meramente secundario dentro de la derecha. Una breve visual histórica nos pondrá de manifiesto que en los últimos 25 años no existe gobierno socialdemócrata o similar que no haya privatizado monopolios públicos, reducido impuestos y desregulado mercados, incluidos por supuesto los gobiernos del PSOE en España.
¿Es criticable el giro social-liberal de la época? Fue una opción política. Los partidos socialistas intentaron subsistir en un entorno hostil, para defender hasta donde pudiesen las conquistas socialdemócratas en el Estado del Bienestar. Intentaron abrir las compuertas del dique socialdemócrata de forma regulada para evitar que la presión hiciese saltar la presa de contención del mercado que suponía esa ideología y con ello, en muchos casos, evitaron que la ola liberal arrasase el Estado del Bienestar. Circustancialmente esta opción hizo posible que los partidos socialdemócratas no quedasen reducidos a la condición de partidos testimoniales, pero si en algún momento podía haber estado justificado el giro social-liberal nunca más lo estaría a partir de septiembre de 2008.
En efecto, el aviso de los activos financieros estructurados de agosto de 2007, que produjo la intervención masiva de los bancos centrales, y finalmente la caída de Lehman Brothers, trece meses más tarde, desató el pánico en los mercados financieros y en los ideólogos liberales y condujo a la intervención pública más masiva y generalizada en las economía desarrolladas desde la crisis de 1929. Los bancos centrales abrieron completamente el grifo del dinero a la banca, multiplicando por dos o por tres el tamaño de sus balances. La Reserva Federal llegó incluso al sacrilegio de comprar pagarés a los fabricantes de automóviles. Estados Unidos nacionalizó la mayor aseguradora del mundo, AIG, y el mayor fabricante de automóviles norteamericano, General Motors. Gran Bretaña intervino sus bancos, a excepción de Barclays, con inyecciones masivas de capital público. Alan Greenspan declaró al Financial Times que si era necesario nacionalizar la banca habría que hacerlo para salvar el sistema. Las mecas del liberalismo, desde donde Reagan y Thatcher habían promovido y conseguido la liberalización y el desmantelamiento de los contrapesos públicos al mercado, y su propio gurú, ahora apodado el enterrador, pedían a gritos la intervención del Estado. 15 de septiembre de 2008-Descanse en paz el mito liberal de los mercados eficientes.
La cumbre de urgencia del G-20, el 15 de noviembre de 2008 en Washington, supuso una recuperación del papel del Estado en la economía. En el punto 7 de su comunicado final se establecía la necesidad de recurrir a medidas fiscales para estimular las demandas internas con efecto inmediato. Además, un estudio del FMI4 establecía que la forma más efectiva de expansionar la demanda no era reducir los impuestos sino promover programas masivos de inversión pública. El miedo a la deflación obligaba a gobiernos liberales y social-liberales a desenterrar las teorías keynesianas y con ello se recuperaba el marco económico donde la socialdemocracia se sentía cómoda. Ahora bien, esta resurrección duró poco, en junio de 2010 en Toronto, alejado el miedo a la deflación, la mayoría de gobiernos europeos de derechas y liberales y el Banco Central Europeo, en plena crisis griega (como consecuencia de la deuda oculta por el gobierno de derechas de Karamanlis con el asesoramiento de Goldman Sachs), plantearon al G-20 volver al consenso de Washington en materia de déficit. Frente a Europa, Estados Unidos y la Reserva Federal defendían mantener el impulso fiscal y monetario y con ello volvía a plantearse el duelo de políticas económicas de los años ochenta.
En términos políticos, mayo de 2010 fue el comienzo de un paréntesis, que ha permitido al liberalismo europeo el respiro que está viviendo hasta el momento, en el que concurren dos hechos relevantes y negativos para la izquierda europea: la pérdida por parte de los laboristas de las elecciones en Gran Bretaña y el giro liberal de la política económica del Gobierno de Zapatero. La pérdida del gobierno británico por parte del laborismo, dejó sin timonel económico al G-20 y a la izquierda europea. Gordon Brown había sido el propulsor de las medidas más intervencionistas en el G-20 y había abierto el paso a la resurrección keynesiana. La pérdida de las elecciones dejaba en soledad a Zapatero. Soledad que se acrecentó cuando los mercados, consentidos e incluso ideológicamente alentados por el Banco Central Europeo, comenzaron su ataque especulativo final contra la deuda de los últimos gobiernos socialistas de Europa: Grecia, Portugal y España.
Acosada la deuda pública española por esa presión especulativa, el 12 de mayo Zapatero compareció ante el Congreso de los Diputados para anunciar una política drástica de recortes del gasto, asociada a un plan para volver a un déficit máximo del 3% y unas reformas liberalizadoras del mercado de trabajo (la vuelta al consenso de Washington). Esta decisión, en plena recesión económica, sin que el Banco de España hubiese afrontado el saneamiento de las entidades financieras, y con un paro galopante, produjo la ruptura del apoyo social al PSOE, quedando así definitivamente eliminada la última esperanza europea de una recuperación ideológica de la izquierda abanderada por los gobiernos socialistas europeos existentes.
En definitiva, el principal error del socialismo europeo y por supuesto del Gobierno Zapatero puede que no fuera ser social-liberal cuando el consenso de Washington campaba a sus anchas. El error ha sido volver a ser social-liberal cuando el liberalismo ha fracasado. Tantos años de acomodación al sistema liberal han distorsionado la imagen real del problema de la crisis económica y de que su solución es precisamente la socialdemocracia. La izquierda lleva tanto tiempo timorata que ni tan siquiera se ha planteado que sus ideas son precisamente la solución y, en lugar de lanzar un programa coordinado por la Internacional Socialista destinado a poner en valor que la solución pasa por un sistema equilibrado de mercado y Estado, el Estado del Bienestar, ha consentido que se vuelva a proponer el liberalismo fracasado como única solución factible. Con el bagaje recorrido desde mayo de 2010 hasta la fecha es evidente que tenían razón aquellos que consideraban que hubiese sido preferible convocar elecciones a tener que aplicar las medidas de derechas que además de inútiles están destrozando el apoyo social al PSOE.
Tomando conciencia del valor político de la socialdemocracia
¿Es posible que, con el viento favorable de una tozuda realidad económica antiliberal pero con el viento contrario de la inercia social-liberal, los partidos socialdemócratas no sea capaces de percibir el verdadero valor de su concepción del mundo? ¿Qué pueden hacer los ciudadanos progresistas para que los partidos socialdemócratas reaccionen y promuevan una solución eficiente y justa de la crisis?
Teniendo en cuenta el nivel de incrustación que han alcanzado algunas ideas liberales dentro de los partidos socialistas, para afrontar el reto de reconocer el valor de lo propio, lo primero y elemental es asumir que el sistema económico actual no es una verdad absoluta sino una realidad efímera. Una realidad que proviene de la aplicación de un ideario político contrario al socialdemócrata. Un ideario resultado de la confluencia en los organismos económicos internacionales de políticos y economistas liberales, nombrados por los gobiernos liberales de los principales países desarrollados, que allá por 1990 utilizaron su control de dichos organismos para promover ese ideario a través de recomendaciones económicas presuntamente técnicas.
Las personas tenemos tendencia a pensar que el mundo ha sido siempre como es en la actualidad, sin embargo no hay nada más volátil que las sociedades. Hoy en día es difícil recordar el tiempo en que no existían teléfonos móviles y por supuesto también lo es recordar cómo era la economía europea antes de que comenzasen a aplicarse las medidas que conformaron lo que en 1992 se denominó Tratado de Maastricht. Sin embargo la realidad es que ambos fenómenos son relativamente recientes y no tienen ni tan siquiera 20 años de vida.
Como el teléfono móvil, nuestro marco económico actual comenzó a ponerse verdaderamente en marcha en 1990 con la aplicación de la Directiva 88/361 de 24 de junio de 1988, que implicaba la liberalización de los movimientos de capitales de carácter monetario dentro de la entonces CEE (préstamos financieros, depósitos en divisas, operaciones sobre títulos, … es decir se liberalizaron los movimientos ligados a operaciones a muy corto plazo, que en la mayoría de los casos tienen carácter especulativo). Hasta ese momento, y aunque a muchos parezca sorprendente, ese tipo de movimientos de capital, que es el que ahora acosa a la deuda pública, estaban prohibidos entre los Estados de la hoy Unión Europea. Igualmente, los Estados podían financiar el déficit apelando a la emisión de dinero por parte de su Banco Central (en España esa posibilidad desapareció en 1994). También en esa época los Bancos Centrales no sólo imponían los coeficientes de solvencia a las entidades financieras (el capital del que deben disponer en función del tamaño de su balance), sino que además les obligaba a mantener un porcentaje elevado de sus depósitos en efectivo para garantizar la liquidez (coeficiente de caja) y les fijaban obligatoriamente el destino de un porcentaje muy elevado de los préstamos que hacían con el dinero captado por depósitos (coeficiente de inversión). En definitiva una situación que para nada tenía que ver con la actual.
Las consecuencias de la Directiva fueron inmediatas, apenas puesta en marcha los movimientos especulativos de capitales dieron el primer y fundamental aviso de que los Estados habían perdido el control de su política económica en favor de los especuladores, en favor de aquellos que pudiesen incidir en el precio de los mercados manipulando miles de millones de dólares, libras o cualquier otra moneda. En efecto, el 16 de septiembre de 1992 los ataques especulativos promovidos por el fondo de inversión de George Soros (la venta de más 10.000 millones de libras) sacaron a la Libra Esterlina del Sistema Monetario Europeo. El tercer Banco Central más importante del mundo, curiosamente perteneciente a uno de los dos países que habían abanderado la liberalización de los mercados y con el gobierno conservador que los había promovido al frente, había capitulado frente a los fondos de inversión especulativos. La nueva era del imperio de los mercados había comenzado.
Pues bien, ese imperio de los mercados no es nuestra realidad vital inexorable como algunos pretenden hacernos ver. Simplemente es un sistema que en Europa apenas lleva vigente unos 20 años y que en el conjunto del mundo no lleva vigente más allá de 10 ó 15 años. Estamos, pues, ante una realidad muy reciente, que podemos y debemos cambiar para corregir el sinfín de problemas que ha creado. Si asumimos cada uno de nosotros esta realidad entenderemos, más pronto que tarde, que el progreso de Europa pasa por volver a regular drásticamente los mercados y por restaurar todos los perfiles de la economía tallados por un liberalismo radical altamente peligroso para los ciudadanos y la economía.
A partir de ahí, la cuestión es cómo hacer que los partidos socialdemócratas abandonen el social-liberalismo y asuman institucionalmente lo que es mucho más fácil de asumir individualmente. En efecto, individualmente, para una persona progresista, no es difícil asumir que el sistema liberal es un fiasco. Más al contrario, una persona progresista que saque el espejismo liberal de su mente se sentirá más a gusto con su propio pensamiento. El problema no es a nivel individual, sino a nivel colectivo ya que, como relatábamos más arriba, los partidos socialdemócratas han adaptado su ideología al social-liberalismo para así tener una oportunidad de gobierno en el mundo liberal del consenso de Washington.
Es evidente que, dado que el social-liberalismo fue la estrategia que permitió ganar las elecciones, deshacerse ahora de él debe producir vértigo e incluso miedo entre las élites y aparatos de los partidos socialdemócratas. No obstante, si escrutamos con detenimiento la realidad político-económica podremos convenir que la situación no sólo favorece la asunción de ese riesgo sino que incluso la hace inevitable.
En efecto, frente a esa presunta realpolitik contamos con la oportunidad que nos brinda el fin del espejismo liberal. De hecho, el liberalismo hace aguas al menos por tres vías:
-Primero, porque propone las mismas medidas para momentos de crisis que para momentos de expansión (lo cual es teóricamente incoherente y no hace más que reproducir la estrategia que llevó al fracaso a las políticas keynesianas en los ochenta);
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-Segundo, porque sus soluciones se están aplicando desde hace más de un año y no han dado resultado ya que, por principios ideológicos, no atacan el verdadero problema de la desregulación de los mercados;
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-Y tercero y más importante, porque los ciudadanos no entienden ni aceptan cómo se están distribuyendo los costes de la crisis (cuanto más dure la crisis y mayores sean los costes mayor será la incomprensión).
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Estas tres vías abiertas que están hundiendo poco a poco el buque liberal no pueden ser taponadas y por tanto el fracaso del liberalismo a medio plazo se torna cada vez más irremediable. Es más, estas tres vías son las que también están hundiendo los dos gobiernos socialdemócratas que se mantienen en el poder (Grecia y España), conduciéndolos inexorablemente al mismo debacle electoral sufrido en Portugal.
Si esto fuera tal como lo describimos ¿qué sería mejor, empeñarse en mantener un social-liberalismo que comparta el fracaso del liberalismo o lanzarse a abrir en canal las vías de agua del liberalismo para que el buque liberal encalle lo más rápido posible y reflotemos el sistema desde la socialdemocracia? Para nosotros, desde luego, el futuro del sistema pasa por lo segundo: pregonar a bombo y platillo el fracaso liberal y defender la solución del Estado compensador del mercado y un reparto justo de los costes de la crisis, de forma que la mayor parte lo asuman los que han provocado la crisis.
Precisamente esta es la alternativa que está eclosionando al margen de los partidos socialdemócratas en los movimientos de ciudadanos indignados, como el español del 15M abanderado por Democracia real ya. La misma se manifiesta en una demanda de supremacía de los ciudadanos sobre los mercados, de forma que el sistema no permita que la voluntad de los grupos financieros anule la voluntad de los ciudadanos.
Un ejemplo muy simple bastará para entender el significado de la demanda ciudadana. La inmensa mayoría de los ciudadanos consideramos que no debemos tener relaciones económicas con los paraísos fiscales, donde se mueve el dinero negro procedente de todo tipo de actividades ilegales. Si es así ¿por qué seguimos teniéndolas? Evidentemente porque la voluntad de una minoría se impone a la de la inmensa mayoría. ¿Significa esto que la democracia no es real en ese aspecto? Está claro que sí. ¿Significa que es inevitable que ocurra? Por supuesto que no. Bastaría con que un Parlamento decidido declarara ilegal cualquier transacción directa o indirecta con un paraíso fiscal y lo sancionase penalmente. Es decir, bastaría con volver, en el caso de los paraísos fiscales, a la regulación que estaba vigente a finales de la década de los 80, hace poco más de 20 años.
En esencia, la demanda principal de los indignados es recuperar aquellas fracciones de la democracia necesarias para que la voluntad colectiva de los ciudadanos se imponga y ponga freno a la ineficiencia y al descontrol de los mercados. Para terminar con este sinfín de medidas inútiles e incluso favorecedoras de la prolongación de la crisis y para impedir que la crisis suponga un recorte de derechos políticos, económicos y sociales. En definitiva para que la crisis del liberalismo no sea la excusa para seguir demoliendo el modo de vida europeo. Un modo de vida al que ha contribuido decididamente desde su comienzo la ideología socialdemócrata y que ahora, descubierto el espejismo liberal, hay que recuperar con todas sus consecuencias.
Muchos miembros del aparato socialista achacan la pérdida de poder de la izquierda en España precisamente a estos movimientos; sin embargo, para nosotros, en lugar de un peligro, son el principio de la solución. La trascendencia de los movimientos de indignados para la socialdemocracia se encuentra en que está transformando la percepción individual de que el liberalismo es un espejismo en una percepción colectiva. Es decir los movimientos de indignados son la sacudida de consciencia que necesitan los partidos socialdemócratas, por supuesto también el PSOE, para que abandonen el social-liberalismo fracasado y formulen un proyecto político a medio y largo plazo que permita recuperar la supremacía de la voluntad de los ciudadanos.
Esa es la encrucijada de los partidos socialdemócratas: o abandonan el social-liberalismo, fracasado en tanto liberalismo, o pierden el apoyo social y no tendrán opción de gobernar porque más pronto que tarde surgirán nuevas organizaciones de izquierdas que los sustituirán.
Notas pie de página
1.John Williamson (1990): "What Washington Means by Policy Reform", en John Williamson (ed.) (1990): Latin American Adjustment: How Much Has Happened?, capítulo 2, Peterson Institute for International Economics, Washington. Disponible en internet:
<http://www.iie.com/publications/papers/paper.cfm?ResearchID=486>
2.Reinhart, C.M. y Rogoff, K. S. (2009): This time is different : eight centuries of financial folly, Princeton University Press, Princeton. Un resumen de esta obra se encuentra disponible en internet:
<http://www.nber.org/~wbuiter/cr1.pdf>
3.Fukuyama, F. (1992): The end of history and the last man, Penguin Books, Londres.
4.Freedman, C., Kumhof, M., Laxton D. y Lee, J. (2009): “The case for global fiscal stimulus”, IMF Staff Position Note, 6 de marzo de 2009, SPN/09/03. Disponible en internet en:
<http://scholar.google.es/scholar?hl=es&q=the+case+for+global+fiscal+stimulus&btnG=Buscar&lr=&as_ylo=&as_vis=0>